En los tiempos de corren, huérfanos de interés por la cultura, la profesión de editor se parece bastante a los sueños quijotescos: palos a cambio de ideales. Quienes claman por el cierre de editoriales que no han satisfecho sus sueños de inmediata gloria y reconocimiento de una inexistente valía literaria corren a la red a plantear sus quejas contra ellos en lugar de reflexionar sobre el papel del escritor en la sociedad que les ha tocado vivir.

Escribir es una labor callada, humilde. A solas con sus pensamientos, los escritores pugnan por encauzar las ideas, dando forma a lo que se convertirá en una novela, un poema, un ensayo. Vendrá luego el espinoso camino de la publicación, a la caza de un editor que se arriesgue a sacar a la luz la obra de un principiante. Probablemente se verán obligados a aceptar la fórmula de la autoedición o, con suerte, la de la coedición que, a veces, por obvios motivos económicos, no será tan perfecta como pretendían. Su derecho a reclamar cuando se incumplen las condiciones del contrato con el editor resulta evidente, lo que no autoriza en absoluto a insultar y lanzar calumnias y mucho menos a solicitar el cierre de la editorial.
Estas reflexiones vienen motivadas por un reciente e injustificado ataque en un blog de cuyo nombre no quiero acordarme contra Ediciones Atlantis. Conozco la editorial, he publicado en ella y espero seguir publicando si las circunstancias lo permiten. No deseo romper una lanza incondicional a su favor; solo alzar mi voz a favor de quienes todavía creen en el libro (tradicional o electrónico) y hacen de ello una profesión.
Opinión publicada en www.escritoresatlantis.com
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