lunes, 18 de mayo de 2015

El autor de 'Castillos de naipes': "Las crisis personales son uno de los principales motivos por los que una persona decide lanzarse a escribir, y este fue mi caso"

Hoy conoceremos más a fondo a Francisco Martínez Martí, autor de la novela 'Castillos de naipes' que se presenta este martes, 19 de mayo. En ella encontraremos una historia de amistad, el valor de saber ser diferente frente a los convencionalismos y de la búsqueda de la felicidad, por encima de todo, que como nos cuenta Francisco en esta entrevista, nació con una pregunta muy simple: ¿Qué me pasa?

¿Cómo surgió la idea para escribir esta novela?
Muchas personas, a lo largo de su vida, sienten el deseo de escribir una novela, pero lo normal es que quede sencillamente en eso, en un deseo. Yo tampoco hubiese escrito nada si no me hubiese visto en un callejón sin salida. Varios escritores han dicho que las crisis personales son uno de los principales motivos por los que una persona decide lanzarse a escribir, y este fue mi caso. Aunque no es un trámite agradable, las malas rachas son parte de la vida y en definitiva, lo que hay que hacer cuando atraviesas una, es superarla. En una de aquellas tardes presididas por la tristeza, me senté frente al ordenador, abrí un documento de Word y escribí la pregunta “¿Qué me pasa?”. Y, aunque cuando comienzas a escribir una novela lo deseable es conocer el final antes de escribir siquiera la primera palabra, decidí que utilizaría la escritura para tratar de descubrir qué me pasaba. Castillos de naipes es una búsqueda en sí misma.

¿Cómo fue el proceso creativo de la misma?
 Me acerqué a una librería y me compré los dos libros de estilo que tenían, un diccionario, un libro de ortografía y otro de gramática. Mi formación era de ciencias puras y el proceso de desempolvar los conocimientos de ortografía y gramática no fue algo de lo que disfrutase, pero debía volver a estudiarlo si quería siquiera empezar a escribir algo que en un futuro se convirtiese en una novela bien escrita. Lo que sí me resultó más entretenido fue la lectura completa del diccionario, y donde de veras disfruté mucho fue con la lectura de los dos libros de estilo. Ahí estaban las reglas que debía aplicar para crear una novela, y lo entendía todo de manera cristalina. Los dos libros contaban más o menos lo mismo y no había mucho más truco que el de aprender cuatro o cinco cosas y sentarse a escribir.
La ilusión regresó a mi vida, aunque de momento tuviese que conformarme con vivirla en la pantalla de un ordenador. Decidí que no aceptaría para crearla nada que no saliese libremente de mi interior, excepto lo que pudiese aprender en aquellos dos libros de estilo. Nada de recibir clases de escritura; no quería que nadie me impusiese reglas en aquella parcela de libertad que había encontrado y que, aunque ficticia, era mía. Nada de comentar con nadie que estaba escribiendo una novela, no quería sentirme cohibido cuando por las tardes regresara a la habitación y me sentase frente al ordenador.
Y pasó el tiempo y comencé a compaginar mi vida normal con una especie de vida clandestina donde me iba descubriendo a mí mismo a través de la reflexión y la escritura. Ya que estaba decidido a aventurarme en aquel proyecto, quise al mismo tiempo crear algo que resultase entretenido, que pudiese gustar a un hipotético lector, que sin ánimo de sentar cátedra ni dar lecciones de ningún tipo, sí transmitiese alguna opinión que pueda llevar al lector a la reflexión y, por encima de todo, que me devolviese la capacidad de volver a empezar y de vivir mirando hacia delante.
Como escenario para la primera parte de la novela, elegí la tierra que me vio crecer: Cartagena, La Manga y Cabo de Palos. Para recrear la segunda parte de la novela, me apoyé en el diario que escribí años atrás en el viaje que realicé a la Antártida a bordo del Hespérides, y me inventé un viaje en velero al continente helado. La historia está enmarcada en la época actual. Comienza en la infancia de los personajes principales, pasa por la adolescencia y la juventud, y finaliza en los años en los que comienza la madurez.
Una vez tuve definidos la estructura, el escenario y los personajes, relegué la novela a un segundo plano, ya que había cosas importantes del día a día que requerían de mi dedicación y, aunque la novela seguía presente en mi mente, apenas le dedicaba algunos ratos sueltos cada mes. Y transcurrieron algunos años hasta que, poco a poco, aquellas páginas fueron tomando forma, pasaron a ser lo más importante en mi vida y comenzaron a parecerse a la novela que es hoy pero, aunque disponía de tiempo más que de sobra para escribir, no me encontraba con la mentalidad libre de ataduras que es necesaria para meditar, y son precisamente las meditaciones los pilares sobre los que está construida Castillos de naipes. Aquella doble vida era insostenible; la novela se convirtió en una obsesión y me estaba pasando factura, y decidí que debía acelerar la maniobra. La novela estaba muy avanzada pero los capítulos clave, aunque colocados correctamente en su sitio dentro de la estructura, estaban sin desarrollar. Eran enormes nudos imposibles de deshacer si no dedicaba a ello todos mis esfuerzos, y fue cuando decidí pedir la excedencia en mi trabajo. Fue una decisión muy difícil, pero había llegado a un punto en el que era verdadera necesidad. Ya que daba este paso un tanto radical, no había motivo para darlo a medias y decidí irme a un sitio donde tuviese la tranquilidad necesaria para rematar la novela. Cogí el petate y me fui a Lanzarote durante un año.
Me había liberado de todas las ataduras y me encontraba en la situación idónea para tirar del hilo y deshacer aquellos nudos que tenía hechos con los capítulos clave, y desde el primer día me dediqué a escribir con disciplina militar. Me levantaba a las siete de la mañana de lunes a domingo, durante cuatro o cinco horas me dedicaba a revisar y pulir aquella estructura que ya estaba escrita de principio a fin. Cuando las baterías se me acababan, bajaba a la playa con novelas de diferentes estilos y las analizaba con papel y lápiz durante dos o tres horas, y aprendía cómo otros autores escribían sus novelas. Volvía a casa, comía y me echaba una siesta y, por las tardes, me bajaba de nuevo a la playa y dedicaba las horas a meditar sobre la vida. Volvía a casa y pasaba a limpio las notas que había tomado durante las meditaciones de la tarde y con las que, poco a poco, iba rellenando aquellos capítulos clave. A la hora del telediario paraba, cenaba, veía alguna película y me iba a dormir. Una vida al más puro estilo opositor.
La novela estaba casi terminada, y sólo entonces me apunté a un curso de escritura en Arrecife que duraba dos semanas. Yo ya no era capaz de escribir algo mejor de lo que había escrito y me apunté con cierto temor, ya que después de todo lo que había hecho, no quería ni pensar en la posibilidad de que me descubriesen que todo había estado mal enfocado. Resoplé de alivio cuando descubrí que lo que allí nos explicaban ya lo había descubierto yo por mí mismo y que mi novela era correcta. Ya sólo me quedaba terminar de definir los mensajes que quería transmitir en aquellos capítulos clave. Sin embargo y por mucho que meditase, eran como un tornillo sin fin al que podía seguir dando vueltas y más vueltas eternamente. Era necesario que metiese el palo entre los radios de la rueda y la frenase y, de entre las tres o cuatro opciones que tenían cabida en estos capítulos y que todas hubiesen sido válidas para lograr una novela verosímil, elegí la que me da a mí mismo una respuesta satisfactoria para ser capaz de pasar página y que, además, facilita un desenlace de la novela que considero el mejor de los que barajaba.

¿Quién disfrutará más con su lectura?
Creo que puede gustar a mucha gente, porque hablo de problemas cotidianos en los que muchos lectores pueden verse reflejados. Me interesan la amistad, el amor, el trabajo, la familia... Además, la novela incluye un viaje en velero a la Antártida en busca de un navío hundido, así que también tiene grandes dosis de aventura.
A veces pienso que los asuntos que trato en la novela son una frivolidad y que los que vivimos en esta sociedad donde lo tenemos todo no tenemos motivos para estar tristes, pero es precisamente el hecho de tener la posibilidad de dedicar nuestro tiempo y esfuerzos a trivialidades la trampa donde muchas personas yerran el camino. En esto me apoyo para decir que Castillos de naipes no es una novela frívola, sino una reivindicación de la sencillez en una sociedad demasiado acomodada. Desde que el hombre es hombre, le han acompañado en su vida los problemas, ya fueran externos o los creados por él mismo en su interior. Castillos de naipes es una búsqueda de la serenidad, un canto a alejarse de todo y de todos para, de esa manera, encontrar esa paz interior tan difícil de encontrar cuando estás dentro del huracán de la vida diaria. Del mismo modo, es un canto a la fortaleza humana y a la esperanza, a percibir la vida como dadora de nuevas oportunidades en la confianza de que lo que nos deparará es mejor que lo anterior.

¿Tienes ya en mente algún nuevo trabajo?
 Antes de terminar 'Castillos de naipes' comencé una segunda novela y un libro de relatos. Supongo que algún día los retomaré, pero son proyectos que hoy en día tengo parados. Considero que escribir Castillos de naipes era necesario para retomar el camino, pero soy consciente de que los sacrificios han sido muchos por el tiempo que he invertido en escribirla y por la actitud que he tenido durante estos años. Por el camino han quedado cosas muy importantes como mi trabajo, al que vuelvo ahora con fuerzas renovadas, y tantas personas que son muy importantes para mí y junto a las que dejé de caminar porque la novela copaba todos mis desvelos. Si vuelvo a escribir algo, sólo el tiempo lo dirá.

¿Tienes alguna manía a la hora de trabajar?
Necesito silencio y comenzar a escribir temprano, no más tarde de las siete. Café y, aunque he logrado escribir sin fumar durante algunas temporadas, he de reconocer que el cigarrillo ha sido un gran compañero de escritura.

Si te pregunto por tu libro favorito… ¿Qué título es el primero en el que piensas?
Son varios, y tienen en común que mientras los he leído han logrado hacerme sentir y que al terminarlos me han hecho soltar una carcajada al tener la certeza de que lo que tenía entre mis manos era magia en forma de libro: “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson, “Travesuras de la niña mala”, de Mario Vargas Llosa, “El mundo”, de Juan José Millás, “El buscador de oro”, de J.M.G Le Clezio, “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena, y “Océano”, de Alberto Vázquez-Figueroa, por citar los principales.

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